De flores y otras hierbas (Aunque no tenga sentido)

02_Graduacion

Me acuerdo con una claridad horrible aquel momento en que se manifestó ante mi la noción en el horizonte de “Ser un adulto”. Estaba en 4to básico y era la primera vez que llamaban a mi mamá al colegio porque no había querido entrar a la sala después del recreo.

Me senté al lado de la sala de profesores, cerca de la oficina de la directora, que era una señora gordita, con esa piel que parece tener textura de malvavisco a medio derretir, pero cuando pasaba irradiaba un aura de pomposidad que no tenía nada que envidiarle a la Reina Amidala (O puede ser que se viera así porque tenía 8 años, pero en fin).

El asunto es que mientras le explicaban a mi mamá que yo era una aberración al legado de la obediencia de la humanidad, mi cerebro entró en lo que quizás debería llamar “Modo Camila”, que consiste en pensar en veintisiete temas distintos por minuto, ninguno de los cuales tiene la más remota relación con lo que sucede en ese momento a mi alrededor; pero algo logró captar mi atención.

Era el título de alguien, enmarcado y colgado en la muralla. Ni siquiera recuerdo bien de quién era, pero si recuerdo haberlo leído unas cinco veces con la más absoluta de las concentraciones.

Me gustaría poder decir que en ese momento el sueño de mi vida se convirtió en moldearme hacia una mujer profesional que trabajase por el bien de su prójimo, pero en realidad no pasó. Si me hubieran tratado de explicar entonces lo que eran los fondos mutuos hubiera tenido tanto sentido para mí como lo tenía el título en la muralla. Lo que sí me quedo claro era que era una garantía de adultez.

El asunto, terminando con la regresión, es que el miércoles pasado finalmente me gradué y obtuve uno de esos. Probablemente mi alterego de 4to básico estaría orgullosa, pero no podía haber estado más equivocada, y la verdad me alegra darme cuenta.

Fueron cinco años en los que sentí que el centro de mi vida estaba en un edificio lleno de salas a kilómetros de mi casa que, si bien disfruté más de lo que no, estoy contenta de haber dejado atrás.

Me gusta la sensación de encontrarme por primera vez frente a lo que se me interponga profesionalmente sin que se trate de un desafío del sistema educacional, me gusta la idea de sostenerme por mi misma y probar mi creatividad sin tener ninguna guía ni garantía de éxito. Me gusta aprender, y esa décima de segundo en que te sientes absolutamente bien contigo misma por haber enfrentado algo nuevo otra vez. Y espero nunca dejar de hacerlo.

En un tema casi completamente fuera de relación, las flores de la imagen fueron el regalo de graduación de mi tía, que insiste en luchar con nuestro abismo en cuanto a gustos, pero lo tomo como una carísima extensión de su amor en forma de un vegetal que lleva poco menos de una semana muriendo lentamente en mi pieza. Las menciono como un detalle que simboliza la compañía de muchas personas que me acompañaron durante todos los años en que luché por pasar la universidad y ella luchó por dejar en mí vetas de locura que durarán para siempre y la incapacidad de trabajar en horarios humanamente aceptables, y el agradecimiento enorme a todos ellos.

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